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Viaje al corazón de la Sierra
Por: Andrea López Pinilla
Cuando, a mediados de la década del 70, corrió el rumor en el mercado de Santa Marta de la existencia de una ciudad enorme enterrada entre los árboles y los matorrales de la Sierra Nevada, ya decenas de saqueadores se habían instalado en la montaña, en el sitio que llamaron El Infierno, desde comienzos de julio de 1975, para saquear los tesoros de lo que alguna vez hizo parte de la cultura Tayrona.
El rumor llegó hasta el Museo del Oro, en Bogotá, al parecer por la noticia de un traficante de piezas colombianas quien ofreció la guía de los guaqueros para llegar a la ciudad oculta.
Luisa Fernanda Herrera y Gilberto Cadavid, egresados de Los Andes y funcionarios del Instituto Colombiano de Antropología (ICAN), fueron comisionados para ir tras la huella de la ciudad sepultada. Los antropólogos venían investigando desde 1973 el macizo montañoso desde la Estación Antropológica de la Sierra Nevada, que buscaba conocer las condiciones geográficas y ecológicas de la región y las culturas que habitaban en ella, y habían registrado ya 199 sitios arqueológicos.
Álvaro Soto Holguín, director del ICAN de la época y quien también ejercía como director del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, invitó al arquitecto Bernardo Valderrama y a la antropóloga Lucía de Perdomo a hacer parte de la expedición para evaluar la zona específica de la que se hablaba. Francisco ‘Franky’ Rey y Jesús el ‘Negro’ Rodríguez, guaqueros y conocedores de la zona, guiaron a la marcha en marzo de 1976. Tras diez días de ascenso entre el monte y escalar partes tupidas de palmas en la alta ribera del río Buritaca, el grupo llegó al lugar número 200. Le llamaron Buritaca 200, pero hoy es mejor conocido con el nombre de Ciudad Perdida.
“Cuando trajeron el mapa inicial, que hizo Valderrama a mano alzada, yo me di cuenta de que era un sitio arqueológico muy, muy importante, y entonces logré cita con el presidente López Michelsen para informarle de lo que habíamos encontrado y de la necesidad del restaurado, bajo el principio de que debía ser con fondos nacionales y con investigadores y trabajadores nacionales –dice el antropólogo Álvaro Soto, quien consiguió los recursos para la investigación–. Lo que hoy conocemos como Ciudad Perdida es el monumento, el sitio arqueológico más importante desde el punto de vista prehispánico, más importante de Colombia; un sitio arqueológico que es un símbolo de la importancia que tuvieron nuestros antepasados indígenas. Es un referente de identidad”.
‘ORIGEN DE LOS PUEBLOS DE LA TIERRA’
La primera medida fue frenar a los guaqueros, que ya habían destruido buena parte de la arqueología Tayrona. Fue necesaria la acción del Batallón Córdoba para contrarrestarlos. “Tenían un sindicato que los llamaba Sindaguas. De alguna manera, estaban bien organizados, se turnaban para excavar y en lo bajo esos días nadel. Los indígenas también empezaron a exigir a su manera sus derechos”, cuenta Soto.
En julio de 1976 comenzó la restauración y la investigación, que en apenas un año dejó al descubierto no solo la monumental ciudad, sino 200 kilómetros de caminos que unen el complejo arqueológico. La noticia del hallazgo fue publicada por El Tiempo el seis de junio. Hacia 1979 un segundo grupo de profesionales continuó la restauración de Teyuna, como se conocía en la lengua indígena y que significa “Origen de los pueblos de la tierra”. Expedición que fue financiada por la Fundación Cultural Tayrona, una entidad sin ánimo de lucro respaldada por el Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), el Instituto Nacional de Recursos Naturales (Inderena), el Ministerio de Obras Públicas, la Universidad de los Andes, entre otros.
En ese entonces, todo un equipo hizo parte: Margarita Serje, actual directora del Departamento de Antropología de Los Andes. “Éramos un grupo de siete investigadores en campo: arqueólogos, antropólogos, un biólogo y yo como arquitecta. Mi función en ese equipo fue hacer un levantamiento de Ciudad Perdida, porque los existentes eran puntuales de las cuadrículas de excavación que había hecho el primer grupo de expedicionarios y no existía una visión general de lo que era la ciudad. Nos dedicamos a medirla para crear su forma urbana, por lo que cubrimos un área de 19 hectáreas”, recuerda Serje.
El siguiente paso fue recorrer la cuenca del río Buritaca en busca de sitios arqueológicos para esbozar un panorama de cómo era la organización regional de las comunidades indígenas. Durante esa labor, el grupo de investigadores identificó dos grandes retos: el diálogo con las comunidades indígenas de su territorio ancestral y el fenómeno de los crecientes cultivos de marihuana de la época. Frente al primero, se acordó no adelantar más excavaciones, sino registrar los sitios ya que habían sido guaquiados. Frente al segundo, fue necesaria no solo la acción sino la vigilancia permanente del Ejército.
“Desde la parte alta del Río Buritaca llegaban humaredas enormes. Estaban talando la cuenca con motosierras a una velocidad que nos dejó alucinados. Pensamos que la zona debía volverse una reserva natural para evitar la deforestación, en donde uno lograra que se ampliaran los límites del Parque Nacional de la Sierra Nevada de Santa Marta y se protegiera la restauración digna”, explica Serje. Esta ampliación se hizo realidad cuando Álvaro Soto se desempeñó como director de Parques Nacionales entre 1984 y 1988.
El proyecto de investigación sobrevivió hasta 1982, cuando el presidente Belisario Betancur “reestructuró” Cultura y la nueva dirección del ICAN decidió cancelar el proyecto al tiempo que los arqueólogos aún se encontraban en excavaciones que hacía en la zona la Fundación Cultural Tayrona. Así acabó la vinculación de Álvaro Soto en este lugar.
Durante el siguiente año, algunos de los investigadores pasaron a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, donde continuaron con proyectos de investigación académicos y realizaron ponencias y publicaciones sobre los hallazgos.
Para mantener el legado y conservar los aprendizajes de tantos años de trabajo, empresas privadas, organizaciones cívicas y entidades, entre ellos Gloria Zea, Bernardo Valderrama y Margarita Serje, crearon la Fundación ProSierra Nevada de Santa Marta. Hoy la fundación, que vela por la protección y preservación del patrimonio natural y cultural de la Sierra Nevada, se encuentra bajo la dirección del antropólogo samario Santiago Giraldo.
Veinte años después de haber conocido Sierra Nevada, Giraldo había ingresado en el ICANH. La investigación en el área, en particular la relación entre la arquitectura y poder. "Cómo el poder de quienes gobernaban sitios como Ciudad Perdida o Pueblito influenciaba la manera como se diseñaba el espacio", dice Giraldo, también director para Latinoamérica de Global Heritage Fund.
“Margarita Serje, Jorge Morales, Carlos Uribe Tobón, Eduardo Mazuera, Daniel Rodróguez Osorio son solo algunos de los investigadores que han mantenido vivio el legado de la Sierra Nevada. Sin duda, Ciudad Perdida continuará cautivando a legos y expertos por muchos años más.
TRABAJO INTERDISCIPLINARIO
Ciudad Perdida no solo fue un hallazgo arqueológico importante, sino que propició la interacción de diversas disciplinas, que se nutrieron del descubrimiento científico. En la ciudad de los Tayrona, durante la década siguiente al descubrimiento, los ingenieros hicieron los levantamientos topográficos; los biólogos estudiaron el contexto ambiental de la Sierra; los antropólogos analizaron el desarrollo que alcanzaron los antepasados indígenas y los arquitectos elaboraron los mapas de las zonas.
“Fue un trabajo interdisciplinario porque las fronteras de la ciencia, aunque en las universidades se circunscriban o delimiten, no son reales, se desdibujan pues todo hace parte del conocimiento”, asegura Álvaro Soto.
“Uno de los graves problemas que tiene Colombia es que los estudiantes de la universidad y quienes más adelante ejercerán cargos políticos, no conocen el país”, señala, por lo que destaca la necesidad de recuperar la práctica de realizar visitas de campo a la zona, para que los estudiantes se despeguen de las aulas y salgan a mirar, a estudiar y a comprender la nación en la que viven.